viernes, 15 de octubre de 2010

Españolito que vienes al mundo...

Cuando la Señorita Doolitle rebusca en nuestra modesta biblioteca, formada por aportaciones de ambos al haber común, acrecentada ahora con carácter de bien ganancial y fruto en definitiva de un delito de bibliofilia del que ambos somos coautores pero que, injusticias procesales de la vida en pareja, sólo a mi se me imputa cuando empieza a faltar espacio para necesidades de segundo orden, cuando la Señorita Doolitle rebusca en nuestra biblioteca, decía, en ocasiones lo hace al grito de “¡Necesito literatura femenina!”, lo que indefectiblemente abre un debate en el que la mayoría de los participantes – es decir, ella – afirma que por supuesto que hay una sensibilidad distintiva inequívoca en los textos escritos por mujeres y que hay que ser muy burro pero mucho para no apreciar la diferencia, mientras que una minoría – es decir, yo – afirma que tener pechos sólo es una circunstancia verdaderamente relevante en literatura si tamaño de éstos dificulta el acceso al teclado del ordenador. No niego que, por ejemplo, a Pardo Bazán le influyera el hecho de ser mujer, pero no en menor medida que el ser gallega, o de buena familia, o incapaz de enfundarse la talla 38. Al margen de discusiones domésticas sobre las que el tiempo me dará la razón – para eso están los biógrafos – y que reflejo aquí con la sola intención de meterme una mititilla con la hermosa hacedora del aire que me rodea porque hace mucho que no lo hago y la blogosfera lo estaba echando en falta, lo cierto es que debo agradecer a la Señorita Doolitle el descubrimiento de Almudena Grandes y la novela que, por el momento es lo mejor que he leído este año: El Corazón Helado.

No es fácil hacer una sinopsis de las novecientas páginas de El Corazón Helado sin contar partes que no deban desvelarse, opinión no compartida por el autor de la reseña de la contraportada de la edición de Tusquets, que no tiene reparo en chafarte la trama de las primeras cuatrocientas páginas y luego se fuma un puro. Qué manía hay ahora de contar los argumentos para atraer a un público que precisamente por eso debería perder todo el interés. ¿Habéis visto últimamente algún trailer de cine?: “Nadie sabía en el motel que el asesino era Norman Bates disfrazado de su madre...” Es para morirse.

Bueno, a lo que iba, que llevo tiempo sin entrar aquí y se me acentúa la logorréa dactilográfica: cumpliendo el vaticinio de Machado, una de las dos Españas ( o acaso las dos) hiela el corazón de Álvaro al descubrir un pasado familiar vergonzoso, una fortuna cimentada sobre el material de derrumbe de los perdedores de la Guerra Civil, un patriarca semidiós, intachable, que oculta a un monstruo sonriente y satisfecho. Y con esta trama familiar que tiene algo de Shakespeariana, y con una estructura complejísima para el escritor pero que fluye con frescura para el lector, Almudena Grandes nos recuerda unas cuantas cosas de nuestra historia que no conviene olvidar.

Cosas como la Ley de Responsabilidades Políticas, que amparaba la requisición y subasta de bienes de «las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde el primero de octubre de 1934 y antes del 18 de julio de 1936, contribuyeron a crear o a agravar la subversión (sic) de todo orden de que se hizo víctima a España», las que hubieran «ocupado cargos políticos durante el Frente Popular» o, simplemente, las que se hubieran «declarado públicamente a su favor». Esta Ley, que repugna al más primario sentido común, permitía y permitió a los afectos el régimen quedarse con cuantas propiedades de los vencidos se les antojaron, especialmente con las de los exiliados que, ignorantes de todo, en algunos casos sólo décadas después tuvieron noticia del expolio. Y aunque teóricamente estuvo en vigor de 1939 a 1945, la Ley siguió dando su negro fruto hasta bien entrados los años sesenta gracias a la connivencia de funcionarios y fedatarios que, untados o amenazados, estampaban su firma junto a fechas falseadas.

Cosas como La División Azul, con la que franco consolidó su política de acercamiento y fricción lingual al trasero hitleriano, enviando al frente ruso, a la muerte o a la mutilación por congelación, a los más afectos a su cruzada. Quizá sentía que aún habían muerto pocos españoles por él o contra él. La División Azul fue una ridícula parodia de brigada internacional en lucha contra el demonio comunista que sólo sirvió para que murieran en el norte de Europa jóvenes falangistas que se habían librado de morir en casa y para que muchos izquierdistas españoles, camuflados bajo la camisa azul, se pasaran al soñado enemigo comunista, que tardó en meterlos en campos de concentración menos de los que se tarda en contarlo.

Cosas como el poco conocido (vamos, yo no lo conocía) golpe del General Casado: meses antes de caer Madrid, socialistas y comunistas se lían a estacazos por un quítame allá esas tendencias bolcheviques. Y el ejército de Franco, a las puertas de la capital, se partía de la risa y esperaba. Una historia tan absurda que solo podía ser española.

Cosas como la vida en el exilio francés, puede que más cruel que otros precisamente por estar tan cerca. La contradictoria añoranza del exiliado político, el “Ni muerto vuelvo yo a ese país cuya ausencia me está matando”, el ultimo desencanto al comprobar que los vencedores de la segunda guerra mundial no iban a continuar su tarea liberando a España del fascismo porque ya no les hacía falta y porque la lengua del caudillillo había virado hacia otros traseros más convenientes.

Novela en fin política (“Sí, ¿y qué?”, diría la autora con desenfado de chulapa), sobre la alargada sombra de la Guerra Civil, sobre los que la perdieron, y sobre los que no la ganaron.

jueves, 26 de agosto de 2010

Esta versión sí que iria a verla.

Sí, pero que Charles Bronson y Bruce Lee se queden en su casa.

viernes, 30 de julio de 2010

La solución

Todos sufrimos a diario el acoso telefónico de empresas que creen que despertarte de la siesta es la mejor forma de ganar tu confianza. Solucionemos el problema. Sigamos al maestro Seinfeld:

martes, 20 de julio de 2010

Cultura Jeneral

Pido disculpas a mi señora madre y a los otros dos o tres que siguen este blog por el periodo de ausencia, pero hace como un mes vi el video que inserto a continuación y me quedé catatónico, con hilillo de baba y todo. Juzgad vosotros mismos:

Es un video de la Iglesia Adventista Me hago adventista pero ya. Me han convencido.

viernes, 18 de junio de 2010

Mi hermano José

En 1996 un Hombre de Teatro se propuso montar una obra de un escritor poco conocido. La obra hablaba de la libertad y la opresión, de la importancia de la palabra escrita como arma contra la iniquidad, de cómo se derrumban los tiranos cuando el pueblo canta junto, de la fuerza de las flores. Y por un regalo del destino, de esos regalos que nunca se agradecen bastante, participé en ese montaje. Por ese motivo, tuve ocasión de conocer al escritor.

Por entonces el escritor ya pasaba de los setenta, lucía una brillante calva y tenía un aire despistado, un andar soñoliento y un acento cálido y marino que poco después, cuando aumentó su popularidad, se haría muy familiar. Era de trato dulce y reposado y lo último que le interesaba era hablar de él o su obra. Era un escritor sencillo, un oxímoron viviente.

Entre 1996 y 1997 le vi apenas unas seis veces (Un par de cenas con la compañía, el día del estreno, un par de funciones a las que asistió…). Bien me gustaría poder decir que la nuestra fue una gran amistad y que tengo grandes cosas que contar sobre nuestra relación, pero no es así. Pero sí puedo decir algo que tengo perfectamente claro en el recuerdo: la noche del estreno en Madrid, fue camerino por camerino, radiante de felicidad, agradeciendo a todos los actores su trabajo con la misma efusión y la misma humildad. Ello incluyó el camerino de dos actorcillos (los últimos del cartel, los que acababan de empezar y apenas tenían tres frases) en el que se detuvo un buen rato para comentar el espectáculo y darles la enhorabuena por “su gran trabajo”. Luego, con la timidez de los grandes, les ofreció sendos ejemplares dedicados de su última novela. Desde donde escribo veo el lomo del libro, que siempre me evoca su mirada ilusionada y su apacible sonrisa.
Después he sabido más del escritor por sus textos y sus declaraciones de lo que pude saber cuando lo conocí. Y he leído gran parte de su obra, formalmente deslumbrante, comprometida, a veces una mano cálida y a veces un puñetazo donde más se necesita. Y he conocido la grandeza de su pensamiento y sus ideas más que por los sectores que lo apoyaban, por los ataques de los que lo condenaban. Y es que es un honor tener según qué enemigos.
En los próximos días se hablará mucho del escritor. Yo apenas puedo aportar nada, salvo que doy fe de que en las distancias cortas su comportamiento era acorde a sus declaraciones públicas: que el gran escritor traducido a mil idiomas, multipremiado y alabado en todo el planeta, quería que supieras que eras igual que él, sólo un hombre, nada menos que un hombre: su hermano.

martes, 15 de junio de 2010

martes, 25 de mayo de 2010

Jomsínema

Un Tipo Serio

Como si de un personaje del antiguo testamento se tratara, a Larry Gopnik, un pacífico judio de mediana edad, le caen encima una a una todas las maldiciones posibles en forma de sutiles desgracias. Los Hermanos Cohen, especialistas en reirse de todo lo que se mueve, meten en la casa de los espejos al judio norteamericano medio, sus tradiciones y sus miedos, y el resultado es un humor dificil que sólo gusta a los muy partidarios, como un servidor. Espléndida la interpretación del para mi desconocido Michael Stuhlbarg.


No es tan Fácil

Últimamente Meryl Streep acumula unas cuantas películas que sin Meryl Streep no merecerían la pena. El Diablo viste de Prada, Julia & Julie y No es tan Facil son películas recomendables casi exclusivamente por ver cómo esta mujer extrae agua de las piedras. En No es tan fácil hay que reconocer tambien el trabajo de Alec Baldwin (al que algún malvado llama "el hombre que se comió a Alec Baldwin"), un actor que en la madurez ha destapado una magnífica vis cómica. Para más detalles recomiendo encarecidamente la serie Rockefeller Center



As You Like It (Como gusteis)

Todos los genios pinchamos en hueso alguna vez, y es que es recomendable mostrar cierta flaqueza para no ser devorado por los simples mortales. Kenneth Branagh desempolva un Shakespeare dificil y convence a un puñado de estupendos actores (todos, los famosos y los desconocidos) para enrolarse en su pequeña locura. Ya antes ha desubicado a Shakespeare (Mucho Ruido y Hamlet se adelantan varios siglos y se pasan a Italia la primera y a unos paisajes menos ásperos que Elsinor la segunda, Trabajos de Amor Perdidos se convirtió en un musical con canciones de Fred Astaire!!), pero, en mi opinión, el resultado, siempre fue satisfactorio. Esta vez no. Localizar la acción en el oriente colonial, con luchadores de sumo y kimonos, resulta extraño y distanciador. Lo que en Mucho Ruido era encantador y gozoso aquí se hace pesado.Pero a lo mejor es que simplemente el texto original no es tan bueno.


El Erizo

Basada en un bestseller francés, es una película agradable sobre las relación de una niña (que al principio cae gorda, aviso) con la espinosa portera del edificio y un plácido vecino japones. Pese al maldito Deux ex Maquina con el que se resuelve todo, merece la pena verse.



Radio encubierta

Cinemadreamer y el Vizconde de Valmont me señalan con el dedo y se burlan de mi cada vez que se acuerdan de que tengo a Love Actually por una buena película. De los mismos responsables es Radio Encubierta. Una divertidísima recreación de la vida en una emisora pirata de Rock'n Roll en la Inglaterra de los setenta, que emitía desde alta mar para desesperación de las puritanas autoridades. Muy buenos actores: Philliph Seymour Hoffman, Emma Thomson y Kenneth Branagh - juntos pero no revueltos - , el siempre magnífico Billy Nighy...

Harold & Maude

Con la Señorita Doolitle nunca se sabe: Lo pasa mejor en el dentista que viendo El Padrino, pero luego se ve las seis temporadas de Los Soprano sin pestañear. Es desconcertante. Así que cuando empezamos a ver Harold y Maude (de la que lo único que yo sabía es que era una película extraña y minoritaria) preví que sería una de esas veladas de cine en las que a los veinte minutos mi señora me dice "sigue tú" y se afana con su encaje de bolillos. Pero no. Harold y Maude resultó ser una película extraña y minoritaria, sí, pero también un cuento delicioso sobre los límites del amor, las ganas de vivir y la libertad de ser todo lo extravagante que te apetezca. Actúa Ruth Gordon, que tras años de guionista con su marido Garson Kanin, despuntó como actriz ya de anciana en la Semilla del Diablo y como la adorable jovencita octogenaria Maude. Y la Señorita Doolitle se pasó una semana cantando esta canción de Cat Stevens: